martes, 20 de julio de 2010

Colombia, ‘un país desarrollado’, y retos para los sostenibles. Una carta a propósito del bicentenario

El rumbo que en los últimos meses ha venido tomando la economía colombiana supone varios retos y cuestiones alrededor de la sostenibilidad de su modelo de desarrollo. Particularmente ese rumbo sugiere que en los próximos años Colombia se convertirá en una de las “economías emergentes” y jugará un rol importante en la economía mundial al estilo de países como Brasil, India o China. Si bien es poco creíble pensar que Colombia pueda incursionar en la geopolítica mundial como lo están haciendo estos países, si existen varias razones que llevan a pensar que Colombia puede convertirse en una potencia regional, y ello lógicamente supone preguntas de fondo sobre la sostenibilidad del rumbo que el país está adoptando.

Entre las razones para hacer esta afirmación se pueden mencionar, primero, que Colombia hace parte de un conjunto de países que tienen un alto potencial económico debido a su estabilidad política y a la diversidad de sus mercados. Este conjunto de países se ha denominado como el grupo de los CIVETS -Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto y Sudáfrica-, llamados así por los inversionistas internacionales quienes piensan que en el futuro estos países aumentarán su contribución al crecimiento de la economía mundial. La segunda razón es que Colombia es el cuarto país latinoamericano que recibe más inversión extranjera – y ésta tiende a aumentar-. La tercera razón es que en los últimos años Colombia tuvo un aumento sin precedentes de las concesiones para la explotación de recursos mineros y, por esa razón, una de las principales apuestas del Gobierno de Juan Manuel Santos es reducir el déficit fiscal y aumentar el PIB a un 6% por medio de un aumento significativo de las explotaciones de estos recursos. La cuarta razón es que Colombia, un año después de la crisis financiera global, tuvo un sorprendente crecimiento económico del 4,4% en el primer trimestre del 2010 que contrasta con el 0,4% del mismo periodo del año anterior. La quinta razón es que Colombia espera tener en los próximos años un desarrollo de la infraestructura vial nunca antes visto, pues luego del retraso observado en el Gobierno de Álvaro Uribe se verá una avalancha de obras a raíz de las vigencias futuras que el mismo Gobierno comprometió en obras que ya se empiezan a ejecutar o que están a punto de iniciar, como en el caso de la autopista o ruta del sol y la unión de la carretera panamericana - que significaría el destape del Darién-.

Esta bonanza económica que se avizora, tradicionalmente concebida como desarrollo, no será gratis. La explotación minera es insostenible por naturaleza, implica la pérdida de nacimientos de agua, la contaminación de recursos hídricos, la destrucción del paisaje, la migración de las poblaciones que habitan tales territorios con la consecuente desestructuración del tejido social, y la emergencia de enfermedades transmisibles por vectores, entre otras consecuencias difíciles de predecir. Por su parte, la apertura del tapón del Darién y la infraestructura son temas que ameritan otra columna.

En todo caso, para un país como Colombia que tiene un nivel de pobreza cercano al 50%, la bonanza económica que se ve venir a través de la inversión extranjera y el desarrollo de la minería y la infraestructura vial parecen constituir un propósito indiscutible e innegociable, pues bajo dicho contexto de pobreza cualquier persona que se oponga a la búsqueda de esta oportunidad económica podría ser vista como loca, absurda o mamerta.

En este escenario los argumentos de la sostenibilidad difícilmente pueden prosperar y ello hace más difícil el trabajo en Colombia para quienes estamos formados en este ámbito. Aunque desde nuestra óptica si cabe decir que los beneficios sociales de esta apuesta económica no son muy claros puesto que la inversión extranjera y la minería no son actividades intensivas en el uso de mano de obra y poco contribuirá a la reducción del desempleo, que es el principal argumento que legitima la adopción de estas rutas. De igual modo se puede afirmar que ecológicamente ninguna de estas actividades trae algún beneficio.

Este panorama nos plantea a mi modo de ver cuatro grandes retos, el primero es mejorar nuestro conocimiento problemas en los que trabajamos; el segundo es aumentar nuestra claridad en la lectura e interpretación de dichos problemas desde ópticas sostenibles, el tercero es mejorar nuestra capacidad comunicativa para establecer diálogos de persuasión y disuasión con nuestros interlocutores; y la cuarta es tener capacidad ejecutiva y coherencia para actuar y proponer soluciones a través del desarrollo de proyectos. He ahí pues nuestros retos ante una Colombia que en medio de la celebración de sus doscientos años de independencia busca la senda del desarrollo y en la que el entorno laboral no necesariamente brinda la libertad para cumplir con ellos.