domingo, 29 de agosto de 2010

Sobre los 'combos' y la historia de la exclusión en Medellín

Después de los años 50 la guerra civil bipartidista en Colombia se había recrudecido en las zonas rurales. Por esos años el país también se encontraba en el amanecer de una transición económica que trajo consigo la creación de grandes empresas en los centros urbanos y el asentamiento de una gran población campesina, que ante las amenazas de la violencia rural, encontró en las promesas de las ciudades la mejor alternativa de progreso.

Medellín fue una de ellas. Por esa razón, entre los años 50 y 60 llegó a la ciudad una ola migratoria procedente de los pueblos cercanos en busca de trabajo y empleo. Esta población se asentó en los terrenos que hoy conocemos como los barrios Aranjuez, Manrique y Berlín; y continuó en los años siguientes cuando las nuevas poblaciones se asentaron en terrenos más altos que dieron lugar a barrios como el Playón, Pablo VI, Popular, Andalucía y Santo Domingo Savio, entre otros.

Bajo este modelo de urbanización, no solo creció la zona nororiental de la ciudad sino también gran parte de la noroccidental y los barrios periféricos. Fue tan acelerado ese crecimiento que para los años 80 ya se empezaba a observar un “excedente” poblacional debido a que la ciudad no podía ofrecer empleo y educación a muchos de los hijos y nietos de aquella primera generación campesina que con muchas esperanzas había arribado a Medellín.

Ese “excedente” se tradujo en la difícil situación socioeconómica que ha caracterizado a los barrios pobres de la ciudad y a su vez limitó la perspectiva de futuro de muchos de estos hijos y nietos. Cabe recordar que estos jóvenes con escasa perspectiva de futuro fueron el sustrato de Pablo Escobar y el Cartel de Medellín en los 80, de las Milicias Bolivarianas de las FARC y a las Autodefensas en los 90; y de Don Berna, Valenciano y Sebastián en esta primera década del siglo XXI.

No importa cuál sea la fuerza ilegal de turno, se trata de la misma arcilla que encuentra un molde diferente en cada época. Y es la misma porque en Colombia tampoco se detuvieron las migraciones, pues el conflicto en el campo solamente cambio su rostro. Lo que en los 60 se conocía como violencia rural derivó en una guerra contra las guerrillas comunistas en los 70 que luego se abriría un nuevo frente con el surgimiento del paramilitarismo en los años 80. Ya en los 90 podíamos afirmar que Colombia realmente estaba en guerra y después del 2001 nos enteramos que se trataba de una guerra contra el terrorismo. El campo nunca estuvo en paz.

Aun no tengo claro si la violencia rural de los 60 era lo mismo que hoy conocemos como terrorismo o si el término ‘migración’ es más un eufemismo bajo el cual se esconde el desplazamiento forzado en Colombia. El hecho es que si hoy como en los 80 vemos ‘combos’ es porque pasivamente hemos creído que es aceptable que pueda sobrar gente en Medellín. Si Medellín no quiere que haya ‘combos’ no puede volverse a permitirse esa idea jamás.

martes, 17 de agosto de 2010

El restablecimiento de las relaciones entre Colombia y Venezuela: La apuesta de confiar en un loco

Si alguien buscara palabras para describir al presidente Hugo Chávez probablemente encontraría palabras o descriptores como ‘disparatado’, ‘imprudente’, ‘de poco juicio’, o ‘que ha perdido la razón’. Curiosamente según el diccionario de la Real Académica de la lengua española estas palabras son las que definen a un loco. Por esa razón, no sería descabellado afirmar que el presidente Chávez es loco.

Como buen loco, este presidente ha dejado entrever públicamente sus contradicciones a lo largo de sus años de gobierno. Por ejemplo, un día después de haber ganado las elecciones en 1998 dijo que no nacionalizaría ninguna empresa y para el 2009 ya había nacionalizado Cargill, Cemex y la filial venezolana del Banco Santander, entre otras empresas. De igual modo, en una entrevista a Jaime Bayly en 1998 dijo que no era socialista, pero en julio del 2007 dijo: “soy socialista…pero no marxista”; y dos años después, el 15 de enero de 2010, remata diciendo “soy marxista… por primera vez asumo el marxismo”.

Otra contradicción que sobresale está relacionada con el gasto militar. En 1999 decía que dada la situación social de Venezuela el gasto militar no se podía incrementar, pero 10 años después Venezuela ha comprado cerca de 5 mil millones de dólares en armamento. No obstante, de todas las contradicciones la que tal vez ha afectado más las relaciones bilaterales es la relacionada con su postura frente a las FARC y el ELN.

En el 2004 decía que el gobierno venezolano no apoya a ningún grupo subversivo colombiano y que si alguno de estos llegase a hacer presencia en su territorio sería considerado enemigo de Venezuela. Cuatro años más tarde Chávez pidió reconocimiento de estatus de beligerancia para las FARC y el ELN. De hecho, paradójicamente mientras liberaban a Clara Rojas y otros secuestrados que fueron entregados a Ramón Rodríguez Chacín, su Ministro del Interior, éste le decía a los guerrilleros que “en nombre del presidente Chávez, estamos pendientes de su lucha, mantengan ese espíritu…y cuenten con nosotros”.

Con ese antecedente ¿Quién podría confiar en el presidente Chávez y en la vigencia que tendrá el restablecimiento de las relaciones bilaterales entre Colombia y Venezuela? Cambiar de postura frente a ciertos temas es aceptable cuando las circunstancias cambian, pero en este caso el Coronel ha mostrado cambiar de posición con asuntos nada coyunturales como el terrorismo en Colombia y el modelo de desarrollo venezolano, pues particularmente en nuestro caso, el modo de operación de las FARC a través del secuestro, las tomas a poblaciones civiles y las masacres no ha cambiado. Solamente se han reducido en número debido al accionar del Estado, y no por iniciativa de los subversivos.

Parece ser que la demanda ante la Corte Penal Internacional y las próximas elecciones legislativas han llevado al comandante a adoptar una postura conciliadora y afín a los intereses colombianos para restablecer las relaciones con Colombia. Sin embargo, queda la incertidumbre de no saber hasta cuándo tendrá vigencia el restablecimiento de relaciones bilaterales, pues todo esto no deja de ser una apuesta de confiar en la palabra de un loco.